“Mami, ya no tenemos que salir corriendo”
Cada vez que llovía, en la casa de Greili empezaba la preocupación.
El techo estaba tan deteriorado que el agua se filtraba por todos lados.
Había hoyos en el zinc, visibles incluso por las noches, cuando miraban hacia arriba.
No era solo una gotera.
Era una casa que no protegía.
“Se mojaban las cosas… tenía que mover los ajuares para que no se dañaran”, recuerda.
Las cubetas y los trapos formaban parte de la rutina.
Había que colocarlos en distintos puntos para recoger el agua que caía sin control.
Pero lo más difícil no eran los muebles.
Eran las niñas.
Había noches en las que Greili tenía que enviar a sus hijas a dormir donde su abuela, porque su casa no era segura.
“No podían quedarse en casa”, nos cuenta.
En su propio hogar, no podían vivir tranquilos.
Ni siquiera las niñas podían jugar dentro de la casa como deberían.
Hasta que el techo fue reparado.
Un cambio que transformó no solo la vivienda, sino la forma en la que viven cada día.
Hoy, cuando llueve, ya no hay miedo.
No hay cubetas.
No hay carreras.
Hay tranquilidad.
Y una frase que lo resume todo:
“Ahora, cada vez que llueve, mis hijas dicen: ‘Mami, ya no tenemos que salir corriendo”.
Porque, por fin, su casa volvió a ser un refugio.
Más historias:
























